La incontinencia del presidente norteamericano lo lleva a decir y desdecirse constantemente. Primero la guerra dura dos semanas, después cuatro o seis, y ahora está a punto de terminar, pero los misiles y los cazabombarderos están diciendo otra cosa en su idioma de explosiones, destrucción y muerte.
Por eso el precio del petróleo bajó desde la estratósfera a donde había subido días antes por la guerra, se aquietó un poco en una línea media, pero luego volvió a latir la tendencia alzista.
Sería más inteligente de parte de Donald Trump aplacar su incontinencia escénica para dosificar de manera mejor calculada sus pronunciamientos.
Por negligencia, Trump ayudó a Muqtada Jamenei a convertirse en el nuevo líder supremo de Irán. Aunque ser el hijo del ayatola que murió el sábado generaba la impresión que era el seguro ganador de ese trono, eso precisamente le jugaba en contra, porque heredar el poder es lo que ocurría en la monarquía derrocada en 1979.
Además, no es un ayatola, el grado clerical que habilita para asumir la cumbre del liderazgo que es religioso, político y militar. Con sus estudios teológicos del chiismo duodecimano, Muqtada no había alcanzado el grado de Marjá al-taqlid (fuente de emulación) ni era un jurisconsulto experto en sharía. Dos limitaciones que, a pesar de sus fuertes lazos con los pasdaran (cuerpos militares de los Guardianes de la Revolución) vuelven cuestionable su elección.
Pero si el líder occidental con el que están en guerra les dice que ni se les ocurra elegir a Muqtada, el régimen se siente obligado a hacerlo, porque elegir a otro implicaría ceder ante el enemigo.
El aval con el que cuenta Muqtada es el de los pasdarán, fuerza con la que combatió en la primera guerra del Golfo Pérsico; la que estalló cuando Saddam Hussein mandó al ejército iraquí a ocupar las zonas en litigio del estuario del Shat el-Arab. En los últimos años de esa guerra, Muqtada luchó en el batallón en el que estrechó fuertes lazos con sus camaradas, que son quienes ahora lideran la Guardia de la Revolución Islámica.
Sonó ridículo Trump reclamando al régimen elegir él al nuevo jefe supremo. Que en medio de una guerra, una de las potencias beligerantes reclame a sus enemigos poder elegir a quien los gobernará, resulta descabellado. Sin embargo, lo descabellado que hizo Trump fue hacerlo de manera pública cuando la guerra sigue y el régimen aún no se ha rendido ni derrumbado.
Que lo plantee por canales secretos por los que las partes siempre están sondeando posibles ceses del fuego, tiene lógica. Lo absurdo es pretender que, públicamente, el régimen acepte eso.
En el mismo pronunciamiento, Trump advirtió a la teocracia persa que no aceptará a Muqtad Jamenei como nuevo líder, porque él no lo aceptaría ni reconocería. Y fue precisamente esa amenaza de Trump para que Muqtada no sea ungido líder supremo, lo que lo catapultó al poder total que detentó su padre.
Si el régimen tenía pensado elegir a otro, desde la amenaza de Trump para proscribir a Muqtada quedó obligado a encumbrar al hijo del líder anterior para no quedar como si acatara las órdenes del líder de la potencia que los está bombardeando.
Por cierto, sería alentador para la parte racional del mundo que un régimen fanático como el iraní encumbre un moderado como, por ejemplo, los ex presidentes Mohamed Jatami y Hassan Rohani, quien acordó con Obama en el 2015 el acuerdo nuclear. No son los únicos. También hay figuras, como el quinto y último primer ministro, Mir-Hosein Mousaví, quien enfrentó en las urnas del 2009 al ultraislamista Mahmud Ahmadinejad.
Pero eso que a simple vista parece lo más útil para moderar un régimen extremista, podría ser lo menos indicado para alcanzar ese fin.
El escritor Amos Oz, un pacifista que luchó por Israel en las guerras de 1967 y de 1973, dijo que hay dos tipos de líderes, “los que aspiran a estadistas y los que aspiran a héroes mitológicos”. Los primeros son dialoguistas y partidarios de poner fin a la guerra en una mesa de negociación, lo que implica estar dispuesto a hacer concesiones en pos de la paz. En cambio los aspirantes a héroes mitológicos rechazan conceder algo en una mesa de negociación porque, como las figuras heroicas de la mitología, prefieren la victoria total en el campo de batalla.
En la guerra que oscurece Medio Oriente hay unos y otros en las dos veredas enfrentadas. Pero en algo se equivocaba el lúcido pacifista, las “palomas”. La historia sugiere que son más eficaces negociando la paz que los “halcones”.
Para que un régimen como el iraní pueda cambiar el rumbo que le marcó Alí Jamenei, difícilmente al timón pueda sujetarlo alguien moderado y negociador, porque facciones radicalizadas conspirarían para derrocarlo o matarlo.



