En los últimos años se ha expandido la certeza de que en el mundo está ingresando en una etapa de liderazgos ultraconservadores que reemplazan las democracias liberales por sistemas iliberales. De ese nuevo capítulo no hay vuelta atrás y sus mayores exponentes son Donald Trump y Vladimir Putin, detrás de los cuales se alinean las ultraderechas conservadoras de Europa y Latinoamérica.
Pero esa certeza acaba de ser puesta en duda por las urnas húngaras, donde Viktor Orban acaba de sufrir una derrota abrumadora que lo saca del poder que ejerció de manera personalista, vertical y hegemónica durante dieciséis años.
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Lo derrotó Peter Magyar, un personaje turbio con pasado sinuoso, que germinó política en FIDESZ (Alianza de Jóvenes Demócratas) que surgió de la disidencia contra el totalitarismo comunista y que llevó al poder a Orban, quien luego giró hacia el conservadurismo extremo, pro-Putin, pro-Trump, anti-europeísta y anti-Ucrania.

Aún con sus opacidades, Magyar supo salir de la sombra de Orban y convertirse en su archienemigo, por ende, en el defensor del europeísmo, de la democracia liberal y de la resistencia de Ucrania contra la invasión de Rusia.
Recientemente, el ultraconservadurismo europeo y de las Américas se reunió en Budapest para apoyar a Viktor Orban en esta elección. A la cumbre de CPAC (Conferencia de Acción Política Conservadora) acudieron desde Santiago Abascal y Marine Le Pen, hasta exponentes de MAGA y el presidente argentino Javier Milei. A renglón seguido, viajó a Hungría el vicepresidente norteamericano J.D. Vance para dar personalmente todo el apoyo de la Casa Blanca a que Orban tenga otro periodo como primer ministro para sobrepasar las dos décadas de poder hegemónico, puesto al servicio de debilitar la institucionalidad democrática y el espíritu atlantista de Europa, además de aislar a Ucrania.
Pero Mgyar había logrado capitalizar la ola de rechazo al modelo trumpista-putinista de poder que encarna Orban, para devolver Hungría a Europa y reconstruir la democracia liberal que surgió tras la debacle del comunismo.

La caída de Orban en la elección del domingo 12 de abril fue tan estruendosa, que generó dudas sobre la certeza de que Trump, Putin y demás ultraconservadores liberales del mundo son una etapa de la que no hay retorno. Si perdió el todopoderoso líder populista húngaro, también puede seguir estancado Vox en España y retroceder MAGA y el ala trumpista del Partido Republicano en las próximas elecciones.
Por cierto, la naturaleza de las redes favorece el extremismo porque debilita la cultura democrática, al mostrar como atractivas las ideologías extremistas que construyeron totalitarismos criminales de izquierda y derecha en el siglo 20. Las redes, además de las incertidumbres y desesperaciones de este tiempo de aceleración tecnológica modificando la realidad social y laboral permanentemente, generan líder extremos disruptivos, pero estos fracasan y desilusionan, haciendo volver el péndulo a la situación anterior. En los últimos tiempos, el centro comenzó a resurgir. Con todo lo que haya para cuestionarle, Pedro Sánchez está más al centro que un PP de líderes grises y que Abascal y su partido neo-franquista. Y su posición contraria a Trump y a Netanyahu en la actual guerra desastrosa con el régimen retrógrado y autoritario iraní, lo ha fortalecido frente a la oposición derechista y ultraderechista.
Lo mismo empieza a insinuarse en otros países. El resultado en Hungría con la contundente derrota del candidato de Trump y de Putin, muestra que el futuro no está tan encaminado en una sola dirección.



