En los siglos XVI y XVII, filósofos como Jean Bodin y teólogos como Richelieu argumentaron que el poder del rey debía estar por encima del poder del Papa. En su obra “Los Seis Libros de la República”, Bodin justificó la absoluta indivisibilidad del poder (“el poder es como el punto de la geometría: absolutamente indivisible”) depositándolo en el monarca y no en el jefe de la iglesia. Lo mismo hizo Armand du Plessis (el cardenal Richelieu) en su libro Maximes d’État (Máximas de Estado), que fue su “Testamento Político” como consejero de Luis XIII.
Por cierto, en aquellos años del renacimiento no faltaron teólogos y filósofos que argumentaran situando al poder eclesiástico por encima del poder terrenal, pero hasta en los llamados Estados Pontificios que existieron en la región del Lacio entre el siglo VIII y el siglo XVIII, los Papas reinaron como monarcas absolutistas.
Lo increíble es que aquel debate renacentista haya resurgido a esta altura de la historia, corporizándose en un presidente norteamericano que actúa como los antiguos emperadores que situaban a los Papas a la sombra de su poder terrenal.
La diferencia es que el pontífice al que quiere someter Donald Trump no pretende un poder situado por encima de los gobiernos y Estados, sino en otro plano. Una dimensión en la que, como líder religioso, tiene derecho a interpretar y describir la realidad desde la óptica de sus textos sagrados. En este caso, los Evangelios.
Por cierto, el actual jefe de la Casa Blanca no es el primer gobernante que choca contra la iglesia. “Y cuántos tanques tiene el Papa”, le preguntó Stalin al ministro que le aconsejaba no tomar una medida que molestaría al Vaticano. Mao Tse-tung y otros gobernantes totalitarios también tuvieron episodios de ese tipo. Pero la mayoría eran dictadores o líderes de Estados totalitarios. Hoy, es el presidente de lo que, a pesar de él y su esfuerzo por convertirlo en un estado iliberal, continúa siendo una democracia: Estados Unidos.
El choque entre Trump y el Papa León XIV es un acontecimiento inmensamente revelador, más aún tratándose de un presidente norteamericano embistiendo agresivamente contra el primer Papa estadounidense de la historia.

¿Qué estaría revelando esta anomalía? Posiblemente, lo que revela es el inaudito aislamiento internacional de un presidente de Estados Unidos, así como también la insólita explicación de esta realidad anómala.
Ni George W. Bush cuando por una guerra mal planificada convirtió a Irak en un agujero negro que supuró yihadismo y sangre durante años fue tan criticado como Trump por tantos líderes del mundo y tantas personalidades notables de los Estados Unidos y el orbe.
La ola de repudios al líder ultraconservador incluye a celebridades artísticas, como la cantante Tylor Swift y el actor Robert De Niro encabezando listas interminables que incluyen científicos, intelectuales y escritores. Un conglomerado oceánico al que ahora se suman los obispos y cardenales más conservadores de la iglesia católica de Estados Unidos, así como también cientos de pastores evangélicos que también adherían al movimiento MAGA.
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La razón de semejante anomalía es que el ego descomunal de Trump alcanzó niveles de un delirio mesiánico que dio muestras desopilantes, como la difusión por sus redes de estampitas religiosas en las que se muestra como un Cristo milagroso o acompañado por Jesús.
Robert Prevost es un teólogo y matemático de vastos conocimientos filosóficos y científicos, además de una experiencia pastoral enriquecida por dos décadas predicando el Evangelio entre los más pobres del Perú. Con esas riquezas intelectuales y humanas llegó al Trono de Pedro tras la muerte del Papa Francisco y chocó contra un magnate neoyorquino intelectual y moralmente indigente, muy seriamente sospechado de pedófilo, que arrastra acusaciones de abusos sexuales y negocios turbios, y que recurre a la vileza de hacer bullyng llamando “perdedores” y “débiles” a todos los que lo cuestionan.
Convertido en León XIV, Robert Francis Prevost empezó por cuestionar la cacería humana que Trump lanzó contra los inmigrantes pobres. También el belicismo que fermentó en la frustración que le causó no haber recibido el Nobel de la Paz que tanto anhelaba y por el que hizo tantos y tan visibles lobbies.



