Era imposible que matara a alguien con la escopeta, la pistola y los cuchillos con los que pretendía cometer un magnicidio colectivo, pero las tres palabras que disparó con el manifiesto que escribió antes de lanzar su fallido ataque impactaron fuertemente en la imagen de Donald Trump.
Las tres palabras letales para lo que le queda de prestigio a Trump son violador, pedófilo y traidor, y las tres sonaron más fuertes que los pocos disparos que hubo en el Hotel Hilton.
La versión norteamericana del “lobo solitario” del ultraislamismo, es el “loco suelto”. El “lobo solitario” es el islamista intoxicado de mensajes lucubrados por expertos de ISIS que, en determinado momento, entra en trance exterminador y sale a masacrar en nombre de Alá.
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El “loco suelto” estadounidense es quien, generalmente por desequilibrios emocionales y psíquicos, decide cometer un magnicidio.
“Mato luego existo” parece ser la motivación con aire cartesiano de quienes disparan contra figuras públicas para tener un momento de fama y aparecer en la portada de los diarios.
Los ataques magnicidas tienen detonantes políticos, ideológicos o sencillamente delirantes, pero siempre patológicos.
A Lincoln lo mató un racista que lo odiaba por haber abolido la esclavitud. Dos décadas más tarde, por una deuda política, existente o imaginaria, Charles Giteau asesinó al presidente James Garfield.
Era anarquista y fue por motivación ideológica que León Czolgosz mató al presidente McKinley en el amanecer del siglo 20.
En cambio, la sombra de una conspiración siempre rondó sobre el asesinato de JFK y el informe de la Comisión Warren no la pudo disipar. Algo similar ocurrió con el asesinato de Robert Kennedy cinco años después de la muerte de su hermano.
Una lunática que admiraba a Charles Manson, líder de la secta que asesinó a Sharon Tate, le disparó a Gerald Ford y, también por perturbaciones mentales, días más tarde otra mujer intentó matar a aquel presidente de los años ’70.
Era un “loco suelto” el asesino de John Lennon y también quien hirió de bala a Reagan en el mismo hotel donde ahora se produjo el primer intento de magnicidio colectivo de la historia norteamericana.
El atacante confesó que pretendía matar a la mayor cantidad posible de altos miembros de la administración Trump, incluyendo por cierto al presidente. De haber tenido éxito, el presidente hoy sería Mike Johnson, titular de la Cámara de Representantes, y la cúpula entera del gobierno habría sido eliminada.
Pero lograr lo que se proponía el atacante era imposible. Más que como magnicida, actuó como suicida. Portando una escopeta, una pistola y dos cuchillos sólo dos cosas eran seguras: no lograría su objetivo y moriría acribillado si conseguía ingresar al salón. Antes de que él pudiera gatillar, los cientos de agentes encubiertos que allí se encontraban lo habrían acribillado.
Que haya sobrevivido es otro de sus fracasos, porque evidentemente pretendía morir en el ataque. Lo que hizo evidencia que quería suicidarse de ese modo, sabiendo que sólo lograría impactar contra la imagen de Trump, pero no con la munición de su escopeta, sino con el explosivo manifiesto que dejaba como epitafio.
En ese manifiesto justificaba su acto diciendo las tres palabras que están devorando la imagen de Trump: “Pedófilo, traidor y violador”.
Los dos atentados anteriores, el de la bala de AR-15 disparada desde 150 metros que hirió su oreja en Pensilvania y el palurdo aspirante a magnicida que se escondió en un arbusto junto al Trump Golf Club de Palm Beach, como todos los actos de ese tipo, favorecieron al atacado porque lo victimizaron.
Pero este caso es diferente por el manifiesto que mete el dedo en la llaga purulenta de la imagen del magnate: las acusaciones de agresión sexual que tenía antes de ser presidente, los señalamientos de traición por ser siempre funcional a Vladimir Putin, y la sospecha de pedofilia que crece por el caso Epstein.
Con su manifiesto tuvo la puntería y la capacidad destructiva que le faltó a su atentado. Y dio en el blanco: la deteriorada imagen de Trump.