Jamás en 250 años de historia un presidente norteamericano obtuvo ingresos mínimamente similares a los 2.200 millones de dólares que registró Donald Trump en el primer año de su segundo mandato. En rigor, ningún líder de una democracia occidental multiplicó posesiones y ganancias en dimensiones semejantes al magnate neoyorquino.
Para encontrar magnitudes equiparables de enriquecimientos obtenidos estando en el poder, hay que recurrir a tiranos africanos como el congoleño Mobutu, el nigeriano Sani Abacha o el dictador de Zimbabue Robert Mugabe.
También mirando casos asiáticos, como el de Thaksin Shinawatra en Tailandia, Najib Razak en malasia y el general Suharto en Indonesia se encuentran fortunas amasadas durante estadías en el poder. Eso sí, todas fueron estadías prolongadísimas y en regímenes dictatoriales, como los que encabezaron en Latinoamérica tiranos sanguinarios como el dominicano Trujillo, la dinastía nicaragüense Somoza, el general Stroessner en Paraguay y su par chileno Pinochet.
En esos rincones del mapamundi hay que buscar para encontrar fortunas amasadas por gobernantes mientras ocupaban el poder, como muestra el caso de Trump y los dos mil doscientos millones que ganó estando en el Despacho Oval.
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En el hemisferio norte occidental hay casos de enriquecimientos, pero ninguno de similar magnitud al del presidente norteamericano y líder de la ola conservadora global. Algunos con investigaciones en curso, como el del ex jefe de gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero, corresponden a presuntos tráficos de influencia realizados posteriormente a ocupar el cargo de primer ministro.
Nada es comparable con la formidable multiplicación de la fortuna de Trump, que sobresale de manera obscena en la historia de la democracia liberal y en la propia historia de los Estados Unidos.

Sin embargo, ni eso ni el hecho de que el 250 aniversario de la independencia norteamericana haya quedado a la sombra de festejos personales del presidente, parecen generar las alarmas que habrían sonado estruendosas en otros momentos de la historia.
Como si la actual sociedad estadounidense no tuviere los genes que marcaron la historia de la potencia americana. Como si un proceso de hipotermia política estuviese adormeciendo todos los mecanismos de reacción que tiene la democracia en el único país de las Américas que nació democrático. Y el adormecimiento hipotérmico desemboca en la muerte.
¿Fatalismo tremendista? Es probable. Pero también es probable de que la anomalía histórica que se está registrando esté anunciando el final de la democracia americana.



