Es como mostrar la sangre en el ojo. Que en Argentina cada partido con Inglaterra sea relacionado con Malvinas, afecta negativamente la imagen del país en el mundo. Por cierto, es sobre todo absurdo.
Fue totalmente entendible que en el Mundial de 1986, sólo cuatro años después de la guerra, en Argentina se viviera como una revancha el partido en el que la selección venció a su par de Inglaterra con legendarios goles de Maradona. Como explicó Jorge Valdano, una derrota en ese encuentro hubiera tenido una repercusión por fuera de lo estrictamente futbolístico y, por ende, lo tuvo también aquella victoria. Pero que eso quedara instalado en la sociedad argentina es sumamente negativo para la sociedad, para el país y para el deporte.
Siguiendo la lógica que ronda el país cada vez que a su selección le toca enfrentar a la selección inglesa, cada partido entre Francia y Alemania evocaría una larga lista de guerras. Japón evocaría las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki cada vez que jugar contra Estados Unidos. Sencillamente, algo tan absurdo que en ningún país del mundo ocurre lo que ocurre en Argentina cada vez que debe jugar contra Inglaterra. Y ocurre sólo en el terreno del fútbol, porque cuando Los Pumas juegan contra el equipo de la rosa (la selección inglesa de rugby) no deambula el fantasma de Malvinas.
Querer recuperar en una cancha de fútbol lo que se perdió en un campo de batalla, habla de un episodio histórico mal asumido. Un trauma que se canaliza de la manera más estúpida y contraproducente. Por eso afecta negativamente la imagen de la Argentina ante el mundo.
Los medios argentinos de comunicación, grandes y pequeños, tienen una parte importante de la responsabilidad. Ellos canalizan el fervor descerebrado de los hinchas que, en la antesala de un partido contra el seleccionado inglés, sacan la cuestión Malvinas y se golpean el pecho en muestra de nacionalismo. Pero no hay nada más banal que el nacionalismo futbolero.
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Una cosa es defender la causa de Malvinas y mantener en alto el reclamo de soberanía sobre el archipiélago austral, pero eso no vuelve menos impresentable mezclar aquel conflicto con el deporte. Afecta negativamente al deporte, además de dañar la imagen del país en el mundo. Hasta tal punto es así, que lo lógico sería considerar anti-argentino mezclar el tema Malvinas con estos partidos. Exhibe ante el mundo una sociedad traumada por una guerra que perdió. Una guerra que, más allá de la justicia del reclamo argentino, fue decidida por una dictadura criminal para cuidar sus propios intereses y huir hacia adelante para esconderse en lo que un escritor inglés del siglo 18, Samuel Johnson, llamó “el último refugio del canalla”. Una dictadura que incrementó sus crímenes contra los argentinos enviando a la guerra a miles de reclutas sin la preparación ni el armamento adecuado.
Se entiende que a los argentinos nos haya quedado un trauma, pero eso no disculpa la negligencia de canalizarlo a través del fútbol. Por eso es tan grave que desde los medios, tantos periodistas y comunicadores en general compitan por el rating recurriendo a cualquier cosa, incluido el azuzar un trauma mal canalizado que opaca la imagen de Argentina en el mundo.
No es una forma de nacionalismo que pueda ser bien visto. Es peligrosa porque, si otros países siguen el ejemplo, en el mundo se generalizaría esa canalización banal de las heridas sociales dejadas por las guerras. Y fundamentalmente, es una forma de estupidez para sobrellevar traumas colectivos que opaca la imagen de Argentina.



