Nadie lo vio decirlo, ni escuchó el anuncio de su propia voz, pero el régimen iraní dice que su líder máximo, Muqtada Jamenei, ordenó que el asesinato de su padre sea vengado y que pagarán esa muerte con sus propias muertes los máximos responsables, o sea Donald Trump y Benjamín Netanyahu.
Aunque nadie lo esperaba, no debe sorprender que la teocracia persa haya llamado a vengar la muerte del ayatola Alí Jamenei, causada por el bombardeo israelo-norteamericana que dio inicio a esta guerra.
La pregunta es cómo incide este llamado a la venganza en el curso del conflicto. Y otra pregunta es si fue realmente Muqtada Jamenei quien dictó esa sentencia.
Ocurre que todo lo dicho y anunciado desde que asumió el liderazgo supremo que su padre ocupó durante 37 años, fue leído por locutores de la televisión estatal. Nunca se lo vio ni se escuchó su voz desde que un misil cayó en la residencia donde estaban él, su padre y el resto de su familia.
No se sabe si su ausencia física es porque también él murió o porque ha quedado tan desfigurado y maltrecho que no puede mostrarse. Pero en ese caso ¿tampoco puede hablar? ¿No puede decir él, con su propia voz, lo que leen los locutores en los medios estatales de comunicación?
El misterio crece con cada oportunidad en la que el líder supremo de Irán debe aparecer en público o hacer escuchar su voz, y nada de eso ocurre. En eso empieza a parecerse a la figura central del chiismo duodecimano: Mohamed ibn al-Hasán al-Mahdi, el último de los doce imanes de esa rama del Islam, quien pocos años después de su nacimiento en el siglo IX, fue ocultado por razones teológicas pero, principalmente, para preservarlo de una conspiración criminal de los califas abasidas.
Primero fue la “Pequeña Ocultación”: largas décadas en la que el Imán Oculto se comunicaba con la comunidad musulmana a través de intérpretes. Pero el morir el último de esos intérpretes comenzó la “Gran Ocultación” y el duodécimo imán del chiismo imamita ya no se comunicará hasta su reaparición redentora.
En eso cree el chiismo duodecimano y es probable que el régimen recurra a tal creencia milenaria para manejar la terrenal verdad sobre el máximo líder de la teocracia persa, que debe ser uno y estar vivo.
Si no pueden mostrarlo y, como el Mahdi durante la Pequeña Ocultación, sólo se comunica a través de otros, quizá sea porque tampoco él pudo sobrevivir al bombardeo que inició esta guerra.
El hecho es que, desde la invisibilidad, el líder de Irán anunció que los máximos responsables de la muerte de su padre, o sea Trump y Netanyahu, serán también asesinados.
Como la fatwa contra Salman Rushdie, la muerte de Alí Jamenei sentenció a morir por asesinato al jefe de la Casa Blanca y al primer ministro israelí. Eso se desprende del anuncio que se hizo en nombre de Muqtada Jamenei.
“La venganza es la voluntad de nuestra Nación y se llevará a cabo inexorablemente sin depender de mi existencia personal o la de otros líderes…estemos presentes o no, esto se cumplirá”, explicó quien se supone actual máximo líder del régimen iraní, pero al que nadie ha visto emerger vivo de los escombros entre los que murió su padre, madre, esposa y una hija.
Las palabras del enigmático Muqtada evocaron la fatwa que dictó en 1989 el ayatola Jomeini contra el autor de la novela Los Versos Satánicos. Ese dictamen religioso no sólo condenó a Rushdie a vivir oculto y protegido por la Scotland Yard. También le costó la vida a Hitoshi Higarashi, el primer traductor de Los Versos Satánicos, apuñalado en una universidad japonesa.
También fue apuñalado el traductor al italiano Ettore Capriolo, aunque sobrevivió milagrosamente, igual que el editor noruego William Nygard. El propio Salman Rushdie fue apuñalado cuando, finalmente, al aparecer en público en el estado de Nueva York, quedó expuesto a un fanático que intentó ejecutar en 2022 la fatwa de Ruhola Jomeini.
El pronunciamiento de Muqtada Jamenei llamando a asesinar a Trump y a Netanyahu por el ataque que mató a su padre, no es una fatwa. Si bien tiene el turbante negro que lo señala como descendiente de Mahoma, no tiene la jerarquía de muftí o ayatola que le permita dictar ese tipo de orden religiosa.
Lo que hizo fue proclamar el derecho a la venganza, llamando a los iraníes a concretarlo. La prensa mundial habló de “amenaza” pero no fue eso sino de una sentencia. Aunque sin la potencia de una fatwa, que es un edicto religioso que debe ser cumplido, la sentencia proclamada por Muqtada tiene la fuerza de una orden para los iraníes y también para los chiitas del mundo.
Por eso Trump se inquietó y trató de responder de una manera similar: “si me asesinan, miles de misiles destruirán totalmente Irán”.
El jefe de la Casa Blanca sonó más ridículo que el líder iraní. Ocurre que, a pesar de Trump, Estados Unidos aún es una democracia y, como tal, se rige por una lógica ajena al oscurantismo que rige a la teocracia persa. La respuesta norteamericana al asesinato de un presidente propio no surgiría del deseo expresado por ese mandatario antes de haber sido eliminado, sino de la decisión que tomaría el Congreso, escuchando las recomendaciones estratégicas que harían las instituciones militares.
Como fuere, lo más significativo del llamado a la venganza contra los líderes que causaron la muerte del ayatola Alí Jamenei es que altera la regla de esta guerra.
De por sí, el sabotaje del ala dura del régimen iraní y también de Netanyahu a la tregua y el memorándum de entendimiento, produjo el primer quiebre fuerte de lo acordado, con intensos bombardeos entre Estados Unidos y el régimen iraní, además del regreso al cierre total del Estrecho de Ormuz.
La esperanza de recuperar la tregua y el memorándum radica en el ala política del régimen, preocupado por no perder las ventajas económicas que daba a Irán el acuerdo negociado en Islamabad. Y refuerza esa posibilidad la necesidad que tiene la administración Trump de poner fin al conflicto y normalizar el flujo en el Estrecho de Ormuz, antes de que sea demasiado tarde para evitar que el impacto de esta guerra en la economía global dé a los demócratas una victoria que deje ambas cámaras en sus manos.
El peligro de volver total y definitivamente a la guerra hasta que una de las partes sea completamente destruida o derrotada, radica en las necesidades políticas y judiciales de Netanyahu, y también en el fanatismo del ala más dura del régimen, que en lugar de conformarse con la victoria que estaba obteniendo con la tregua, cebada por la debilidad política de Trump, quiere amplificar la derrota de la contraparte israelo-norteamericana hasta la humillación más degradante. Lo cual es imposible.
Lo que puede es complicarle a Trump la segunda mitad de su mandato y debilitar a Netanyahu hasta que caiga sentado en el banquillo de los acusados por los casos de corrupción que lo acechan desde hace años.
Todo podría cambiar por la orden de venganza. A Trump y a Netanyahu ya no les alcanza con matar al nuevo liderazgo persa y con destruir la teocracia. Incluso imponiendo en Teherán un régimen títere de Washington, Trump y Netanyahu no saldrán de la mira del chiismo más beligerante.
Por cierto, Netanyahu lleva muchos años en la mira de Irán. Al primer ministro israelí no le cambia nada que Muqtada haya anunciado la sentencia de venganza. Pero a Trump le suma un riesgo al que de por sí tiene y se manifestó con tres intentos de magnicidio.



