Lula inició oficialmente la campaña electoral con una frase desafortunada. El actual presidente de Brasil es, a simple vista, más inteligente que su limitado principal rival, Flavio Bolsonaro. Sin embargo, en el primer acto de la campaña planteó una comparación absurda.
“Invertiremos en Defensa para que nadie invada este país para llevarse al presidente”, dijo el líder del PT, en clara referencia a la quirúrgica y fulminante operación militar que el 3 de enero capturó a Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores en el corazón de Caracas.
Más allá de que la incursión norteamericana haya implicado serias violaciones al Derecho Internacional, más que la captura de “un presidente” fue la captura de un dictador.
Maduro había sido derrotado en la última elección presidencial por González Urrutia, el candidato elegido por María Corina Machado, por una diferencia tan importante de votos que el régimen no pudo mostrar las actas ni probar de algún modo el triunfo que se auto-adjudicó.
Maduro era también la cabeza de una dictadura facinerosa, cuyas represiones mataron cientos de venezolanos para aplastar multitudinarias protestas, tenía las cárceles colmadas de presos políticos y aplicaba torturas a escalas industriales en prisiones militares como Ramo verde y en el tenebroso cuartel general del SEBIN (Servicio Bolivariano de Inteligencia) en el Helicoide.
Pero todos esos crímenes, igual que sus alianzas con el narcotráfico y la explotación clandestina del Arco Minero en la Cuenca del Orinoco asociado con mafias internacionales, no convierten en legal la operación ordenada por Donald Trump. Para colmo, se concretó en coordinación con el sector del régimen chavista que traicionó a Maduro y al que luego se plegó el resto de la dictadura, con la bendición del jefe de la Casa Blanca.
Por no haber pensado bien esa parte de su discurso, Lula se colocó en el mismo estante de un dictador impresentable como el que fue entregado por su propio régimen. Y Lula ni ha sido ni es algo que se parezca mínimamente a un dictador como Maduro.
Todas las elecciones que ganó fueron legítimas e incuestionables. Nunca reprimió protestas ni persiguió opositores ni limitó la libertad de prensa y los derechos fundamentales.
Que la principal fuerza opositora lo acuse de haber hecho encarcelar injustamente a Jair Bolsonaro no significa nada. El ex presidente encarcelado estuvo visiblemente involucrado en el asalto golpista perpetrado por turbas fanáticas contra los edificios de la república, en Brasilia. Si siendo presidente llamó públicamente y en distintas oportunidades a que las Fuerzas Armadas cierren el Congreso y el Supremo Tribunal Federal, por qué dudar que su silencio cuando se produjo el asalto de la multitud que reclamaba a viva voz un golpe militar no haya significado que él era el artífice del plan golpista, igual que lo fue Trump el seis de enero en el que una multitud asaltó el Capitolio para impedir la certificación del triunfo electoral de Joe Biden.
Lula tiene una política exterior moralmente cuestionable por no distinguir entre democracias y regímenes dictatoriales, pero no es ni ha sido nunca un dictador. Por eso fue de una enorme negligencia haberse equiparado a un dictador impresentable como Maduro, cuya captura y encarcelamiento en los Estados Unidos fue aprobada por una abrumadora mayoría de venezolanos. Ni siquiera lo defendieron sus lugartenientes más oscuros, como el general Padrino López, el ex fiscal general Tarek William Saab y el truculento ministro del Interior Diosdado Cabello.
Claramente, el presidente que busca su cuarto mandato representa más el centro que su desafiante ultraderechista Flavio Bolsonaro. Que a Lula lo acompañe nuevamente como candidato a vicepresidente Geraldo Alckmin, el centroderechista ex gobernador de San Pablo, es una señal más de que su gobierno actual, igual que los anteriores (en los que el vice fue el fallecido líder centroderechista José Alencar) no practica un izquierdismo ideológico y sectario, sino una variante de socialdemocracia.
Eso vuelve más negligente y absurda la frase que lanzó en su primer discurso de campaña: “Invertiremos en Defensa para que nadie invada nuestro país para llevarse al presidente”.



