El centro volvió a ser derrotado en el país más centrista de Latinoamérica. La derecha populista y polarizadora que llegó al poder con el actual presidente, Rodrigo Chávez, ganó de manera contundente la elección presidencial del domingo, consagrando presidenta electa a Laura Fernández, libremercadista y privatista en lo económico y conservadora de posiciones duras en lo social.
Ganó con un discurso polarizador que erigió al presidente salvadoreño Nayib Bukele como gran inspirador, por imponer en su país una política de seguridad tan eficaz como controversial.
Chávez inició la deriva populista que instaló una “grieta” política partiendo la sociedad costarricense. Con su discípula y sucesora, Costa Rica entraría en un proceso de “bukelización”: abandonando su tradición democrática, centrista y apegada a la defensa de los derechos y garantías de los ciudadanos, este nuevo gobierno del ultraconservador Partido Popular Soberano (PPSO) lanzará una guerra contra el narcotráfico y las pandillas imponiendo estados de excepción que habilitarían todo tipo de excesos policiales, como ocurre en El Salvador de Bukele.
Aunque ni Fernández ni su mentor, el presidente Chávez, son explícitos admiradores de Trump, el resultado de la elección seguramente fue celebrado en la Casa Blanca.
Que la centroizquierda y la centroderecha, yendo por separado, hayan sido derrotadas nuevamente por el PPSO, enciende las alarmas de la que ha sido considerada desde hace décadas como una de las democracias más estables y respetables del mundo.
La estabilidad y respetabilidad de la democracia costarricense tienen el valor agregado de que el país no es Canadá ni está situado en Europa, sino en América Central, cuna de dictaduras de izquierda y derecha, así como de guerras civiles e inestabilidad crónica.
La llamada “Suiza centroamericana” inició su modélica democracia en 1948. Entre los primeros pasos de este Estado de Derecho estuvo la abolición de las fuerzas armadas, convirtiendo a Costa Rica en el único país de las Américas que no tiene militares.
Entre sus próceres de la democracia liberal destaca José Figueres, presidente en la década del 50 y uno de los fundadores del Estado de Derecho; Oscar Arias, presidente en la década del 80 y en el primer decenio de este siglo, ganador del Premio Nobel de la Paz por haber sido el impulsor del Grupo de Contadora y el gran pacificador de Centroamérica.
Otro presidente modélico fue Luis Guillermo Solís, pero la primera elección que hizo sonar alarmas por riesgo de extremismo fue la del 2018, cuando logró ingresar a la segunda vuelta Fabricio Alvarado, un pastor evangélico de posiciones fundamentalistas, finalmente derrotado en el ballotage.
La democracia liberal se salvó por pocos votos y por poco tiempo, porque en la elección siguiente llegó al poder Rodrigo Chávez con su discurso polarizante. Tras cuatro años generando una grieta que divide a los ciudadanos en veredas que se consideran enemigas viscerales a las que vale marginar y silenciar, el PPSO logra mantenerse en el poder, ahora con Laura Fernández en la presidencia; etapa que podría desembocar en una Costa Rica menos parecida a sí misma y más parecida al El Salvador.



