Un joven de 31 años viaja en tren de Los Ángeles a Chicago y desde allí a Washington, para alojarse en el hotel donde se preparaba la cena que encabezarían el presidente y el vicepresidente. Cuando transcurría la velada organizada por la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca, intenta ingresar en el salón armado con una escopeta, una pistola y varios cuchillos.
Si fuese un examen de aspirantes a magnicida, ese docente californiano habría sacado la peor calificación en ese rubro superpoblado en la historia de los Estados Unidos. Lo seguiría de cerca otro aspirante a magnicida que también quería en su mira a Donald Trump. Cuando en setiembre del 2024 Ryan Wesley Routh saltó del arbusto del Trump International Golf Club de Palm Beach y huyó despavorid al ser descubierto por uno de los agentes secretos que cuidan al presidente, parecía el peor intento de magnicidio ocurrido en suelo norteamericano. Pero Cole Thomas Allen podría haber superado ese récord. De hecho, que alguien con su formación académica haya intentado ingresar a los balazos en una cena plagada de los agentes especiales mejor preparados de Estados Unidos, parece haber tenido más intención de morir que de matar.
LeonelaLo raro no es que no haya podido balear a Trump y al vicepresidente Vance. Lo extraño es que ese joven atacante no haya sido acribillado en ese ataque que lanzó de manera tan burda. Con sus estudios y sus calificaciones, es imposible que no haya calculado bien que la posibilidad de matar a trump eran infinitamente menores que la inmensa posibilidad de morir acribillado en los primeros segundos del asalto.
En comparación con ambos, el muchacho llamado Thomas Crooks, con el disparo de su AR-15 desde 150 metros que rosó la oreja de Trump en Pensilvania, era un profesional destacado. El tema es que todos los intentos de atentados contra el magnate neoyorquino parecen corresponder a la categoría de “loco suelto”.
Aunque Crooks fue más eficaz en su intento, también quedó en el terreno de los “locos sueltos”, los que buscan su momento estelar, de fama y con su nombre y su foto en las portadas de los diarios, una patología extendida en Estados Unidos.
La historia de los magnicidios exitosos y los magnicidios fallidos, hay casos en los que la motivación fue política o ideológica, casos de “locos sueltos” y casos que dejaron dudas de conspiración, externa o interna.
El primer magnicidio tuvo motivación política: John Bolth, el sureño que asesinó a Abraham Lincoln en 1861 era un racista motivado por el odio contra quien puso fi a la esclavitud y ganó la Guerra de Secesión. La motivación de Charles Giteau para matar al presidente James Garfield en 1881 fue una deuda política que consideró no pagada. En cambio fue puramente ideológica la razón por la que el anarquista León Czolosz disparó y asesinó al presidente William McKinley en 1901.
En cambio Lee Harvey Oswald pudo ser parte de una conspiración, cuando asesinó a John F. Kennedy en Dallas. Que haya sido asesinado por un mafioso cubano, Jack Ruby, en la estación policial donde lo detuvieron tras el magnicidio de 1963, acrecentó la sospecha de una conspiración interna en la que había sectores del poder. La conclusión de la Comisión Warren, planteada por Lindon Johnson para investigar ese crimen, convenció a muy pocos de que Oswald eran un “loco suelto” actuando por su propia cuenta.
También quedó la duda sobre el magnicidio que cometió el joven palestino Sirha en el Hotel Ambassador de Los Ángeles, al matar a Robert Kennedy cuando festejaba su triunfo en las primarias.
Claramente estaban en el terreno de la patología social las dos mujeres que atentaron contra el entonces presidente Gerald Ford con pocos días entre un atentado y otro. La primera de las atacantes era una admiradora de Charles Manson, el líder de la secta lunática que asesinó a la actriz Sharon Tate.
Quien hirió a Ronald Reagan en 1981, John Winkley, también actuó por perturbaciones mentales, como posiblemente sea el caso de los tres intentos de asesinato de Trump, dos de los cuales quedarán en la historia entre los peores ataques magnicidas de la historia norteamericana.