En un rapto de arbitrariedad y demagogia desopilante, Donald Trump llamó al titular de la FIFA para que levantara la suspensión aplicada al goleador norteamericano, orden que Gianni Infantino cumplió, “manchando la pelota” de este campeonato mundial.
Hay que remontarse a dictadores africanos para encontrar injerencias tan absurdas y deplorables como la que perpetró el presidente de Estados Unidos. Por caso, cuando en el 2015 el dictador mauritano Mohamed Ould Abdel Aziz, aburrido frente a un pasmoso 1 a 1 en la final del campeonato nacional, ordenó el pitazo final y que se pasara a los penales faltando casi media hora para que se cumpliera el tiempo reglamentario.
Lo que el dictador que imperó en Mauritania durante diez años hizo con el campeonato local, Trump lo hizo con una Copa Mundial. Y la obsecuencia oscura de Infantino agregó una mancha más a la FIFA.
En escenarios mundialista, la injerencia de Trump es equiparable a la del emir de Kuwait, Fahid Al Ahmad al Sabah. En el torneo disputado en España en 1982, el jeque kuwaití, rodeado por sus guardaespaldas fuertemente armados, irrumpió en el campo de juego para ordenarle al árbitro que anulara el cuarto gol que Francia había anotado a la selección del país árabe. El árbitro lo anuló, igual que Infantino con la tarjeta roja a Folarin Balogun a pedido de Trump.
La diferencia es que el emir Al Sabah era el monarca absoluto de un reino oscurantista totalmente ajeno a la democracia liberal, mientras que Estados Unidos, a pesar de Trump, todavía es una democracia.
De tal modo, la gravedad de lo sucedido tiene menos importancia en lo que refiere a una entidad que, igual que su máxima autoridad, acumula desprestigios, que en lo referido a la democracia norteamericana, la que, además y por primera vez en 250 años, vivió un 4 de julio en el que el acto principal de las celebraciones nacionales fue un acto partidista que tuvo todas las señales del culto personalista que lleva años imponiendo el egolátrico jefe de la Casa Blanca.