Lo bueno, lo malo y lo horrible. Todo eso se vio en el escenario previo al partido Argentina-Inglaterra y en los instantes posteriores a la electrizante victoria de la selección nacional. En ese momento se vio lo mejor, aunque lo más polémico: los jugadores festejando con una bandera improvisada en una sábana con el graffiti diciendo Las Malvinas son Argentinas.
¿Estuvieron mal? No. Lo que hicieron fue aprovechar una oportunidad única para exponer una causa nacional ante la mirada convergente del mundo entero.
Ese era el momento, ese era el lugar. El mundo miraba ese festejo por tratarse de una semifinal y porque allí estaba el jugador más querido y admirado del orbe: Lionel Messi.
+MIRÁ MÁS: La gravedad de canalizar una guerra a través del fútbol
Todos los escenarios mundialmente observados suelen dar ocasión a la exposición de causas. Los festivales internacionales de cine, los Juegos Olímpicos etcétera. En Estados Unidos, el Super Bowl con la actuación de Bad Bunny, así como el Black Life Matter denunciando la muerte de George Floyd a manos de la represión racista en todas las finales de béisbol y básquet, además de las entregas de los Oscars, Grammys, Emmys y otros grandes premios norteamericanos son sólo una muestra.
Nadie en Estados Unidos criticó que los jugadores argentinos expresaron una causa. Y a esto hay que subrayarlo: expresaron una causa, no un ataque, un agravio, una descalificación.
Decir que las Malvinas son Argentinas y mostrarle al mundo una causa. Lo repudiable y perjudicial para la imagen del país fue lo que expresó la vicepresidenta, al decir que íbamos a jugar contra “piratas usurpadores”.
Esa generalización agresiva y absurda trae a la actualidad la descalificación y la extiende a los jugadores de la selección inglesas, a los hinchas de ese equipo que llenaban las tribunas, incluido el querido Mick Jagger, que siempre está siguiendo a la selección de su país, ya todos los ingleses de las islas británicas. Un insulto agravado por el rango institucional de Victoria Villaruel: nada menos que la vicepresidenta del país.
Lo que sería bueno que haya pasado desapercibido en el mundo es lo que dijo el ministro argentino de Defensa: negó que el hundimiento del crucero General Belgrano, ocurrido durante la guerra de Malvinas, hubiese sido un crimen de guerra. Gravísimo. Y más grave aún es que nadie en el gobierno de Javier Milei lo haya repudiado y expulsado de su cargo.
Al considerar como un acto normal de guerra el ataque que hundió el navío argentino que navegaba fuera de la “zona de exclusión marítima” establecida para restringir el área de acciones bélicas y en dirección al continent, el ministro Carlos Presti violó la política de Estado vigente desde aquel acto ordenado por Margaret Thatcher, que es considerar como un crimen de guerra.
El ministro Presti traicionó a los 323 argentinos que murieron en el General Belgrano por los torpedos lanzados desde el submarino nuclear HMS Conqueror. Desde aquel momento de 1982, por iniciativa del Estado peruano, la mayoría de los países de la región adoptaron como política de Estado acompañar a la argentina en la denuncia como crimen de guerra la orden que dio Thatcher. Todos los países de la región han mantenido aquel compromiso, pero lo acaba de traicionar la mismísima argentina.
Esa traición es parte de la política de Javier Milei sobre el tema Malvinas. Porque desde que asumió la presidencia, el líder ultraconservador restó intensidad a los reclamos de soberanía que todos los gobiernos argentinos hacen sistemáticamente en todos los foros internacionales. Esos reclamos, así como la denuncia de “crimen de guerra” por el hundimiento del Belgrano, han sido políticas de Estado aplicadas por todos los presidentes, hasta que llegó Milei y estableció como política exterior agradar a las potencias poderosas de Occidente para que apoyen su propio liderazgo.
La bandera que mostraron los jugadores llenó el vacío que sobre Malvinas y sobre el crimen del Belgrano dejó el gobierno de Javier Milei.