El cortocircuito provocado por el discurso del presidente argentino en Sao Paulo, atacando a autoridades del país anfitrión, generó varios interrogantes. ¿En qué medida pueden los insultos de Javier Milei al presidente de Brasil, a un alto miembro del Supremo Tribunal Federal y al gobierno federal y el partido oficialista afectar la relación entre los dos países?
La profundidad y la importancia económica del vínculo altamente estratégico que Argentina y Brasil mantienen desde la década de 1980 permiten dudar que este estropicio político pueda ir más allá de un cortocircuito diplomático. No obstante, parece claro que, si bien no puede romper el vínculo que es política de Estado en ambos países, el presidente argentino quiere romper totalmente el vínculo entre su gobierno y el que encabeza Lula da Silva en Brasil.
Esa meta parece parte de una deriva que incluye efectos internos. Por caso el decreto que impide ingresar al país o puede ser motivo de expulsión del país de cualquier extranjero que ataque verbalmente a la Argentina, a los argentinos o a un argentino por su nacionalidad.
Este decreto argumenta la ola de ataques a la Argentina y los argentinos que alcanzó un pico máximo durante el mundial y en el inmediato después de ese torneo. Con una norma por el estilo, España y Brasil podrían haber expulsado de sus territorios al presidente argentino cuando, de visita en ambos países, descargó críticas durísimas que incluyeron insultos de grueso calibre contra sus respectivos gobernantes.
Una cosa es atacar verbalmente a dictadores y otra, muy distinta, es atacar a mandatarios que han sido elegidos por sus respectivas sociedades. En este caso, faltarles el respeto es faltar el respeto a las sociedades a las que representan los mandatarios agraviados.
El decreto del gobierno argentino no tendría rasgos xenófobos si castigara a cualquier persona, incluidos los argentinos, que insulten o agravien a otras personas por la nacionalidad, fuesen la que fuese. Por ejemplo, a quien en un streaming ultraoficialista comandado por el ultramileísta Daniel Parissini (Gordo Dan) usó largos minutos para insultar a un brasileño y a Brasil, usando como insulto la palabra “mogólico”.
En todo caso, el decreto tendría alguna lógica si se aplicara a todas las personas y no sólo a los extranjeros. La abogada argentina que estuvo privada de la libertad en Brasil no sufrió esa detención por ser argentina o extranjera en ese país, sino porque allí hay una ley que pena de ese modo las actitudes racistas. Muchos brasileños han sido sancionados en virtud de la ley por la que se sancionó a la abogada santiagueña.
El decreto que pena a quien insulte a la Argentina o a los argentinos en vista de su nacionalidad, rige exclusivamente para los extranjeros. Por eso una parte de los argentinos tiene derecho llamar mandriles, o subnormales, o cabezas de termo o mogólicos etcétera a otros argentinos, así como insultar y ofender a cualquier nación del mundo.
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Es grave como señal de deriva xenófoba y se verá qué efecto tiene en la proyección de Argentina al mundo. Pero está claro que no serán efectos favorables a la Argentina y los argentinos.
En cuanto al proyecto geopolítico en marcha, Milei quiere crear y liderar un bloque de gobiernos ultraconservadores, con dos misiones: alinear la región con Trump y aislar a los gobiernos de Lula, el canadiense Mark Carney y la mexicana Claudia Sheimbaum.
Por cierto, respondiendo a los intereses de Trump, el Bloque Azul (como quiere llamarlo) buscará también reducir la gravitación china en la región. Pero la obsesión de Milei es Lula da Silva. Por eso está dañando la relación con el gobierno de Brasil, aunque difícilmente pueda dañar el vínculo entre ambos Estados. Un vínculo con capítulos oscuros, como la Triple Alianza contra Paraguay en el siglo 19 y el Plan Cóndor que coordinó la represión en la segunda mitad del 20. Pero que se convirtió en política de Estado en los dos países a partir del Mercosur, impulsado por Raúl Alfonsín y el presidente brasileño José Sarney.
Esa relación parece preservada, al menos por el momento, de la guerra política que Milei ha lanzado contra Lula.