Lo hizo de nuevo. Con la investidura que implica representar a todos los argentinos, Javier Milei fue a Brasil para apoyar al candidato ultraderechista, atacando con insultos y groserías al presidente de ese país, al partido oficialista y a un alto miembro del Poder Judicial.
La consecuencia inmediata fue una señal gravísima: el gobierno de la mayor potencia económica sudamericana y principal socio comercial de la Argentina, llamó a consultas al embajador argentino.
Los argentinos parecen haber naturalizado los desbordes del jefe de la Casa Rosada. El país perdió la capacidad de exigir a su Presidente que se limite a actuar como un “mandatario”, en lugar de hacerlo como un “soberano” grosero que se atribuye el derecho a insultar a mandatarios extranjeros.
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La política exterior de Lula puede tener muchos aspectos cuestionables, pero el hombre que ocupa la presidencia por decisión soberana del pueblo brasileño, jamás provocó crisis diplomáticas por viajar a otros países a insultar y denostar a las autoridades.
Entre otros insultos y descalificaciones, el presidente argentino se refirió a su par, Lula da Silva, como “el presidiario”, desconociendo el fallo emitido por el Supremo Tribunal Federal (STF) en el 2021 anulando completamente las condenas con que el juez de Curitiba, Sergio Moro, había encarcelado al líder del centroizquierda.
“Basura calva” llamó a Alexandre de Moraes, el juez supremo que avaló la condena a Jair Bolsonaro por su relación con el intento de golpe de Estado tras la derrota del candidato ultraconservador frente a Lula en las elecciones del 2022.
Desbocado, Milei exhortó a los brasileños a votar contra Los zurdos de mierda” y a “liberar a Brasil de los rojos”, además de llamar “socialistas ladrones” y “basura socialista” a los dirigentes del oficialista Partido de los Trabajadores (PT).
La agresiva injerencia del presidente argentino en la política interna de Brasil y en el propio territorio brasileño, generó respuestas en ese país. De todas, la única que no se limitó a señalar la aberración institucional que implica el accionar de Milei al actuar como actuó durante su última visita a Brasil, fue la del ministro de Relaciones Institucionales. José Guimaraes describió al gobierno de Milei como ampliador de la desigualdad por favorecer a los sectores más poderosos y demoler los derechos de los trabajadores, los jubilados y los vulnerables en general, además de sugerir que el presiente argentino actúa como vasallo de Donald Trump.
Guimaraes no fue el único. Para muchos observadores, incluido el diario británico The Guardian, Milei actúa de ese modo cumpliendo órdenes de la Casa Blanca, cuyo jefe también está interesado en que el clan Bolsonaro vuelva al poder.
En esa mirada, Milei sería el encargado de efectuar el trabajo sucio y la grosería impresentable, dañando así la imagen de su propio país para que Flavio Bolsonaro pueda derrotar a Lula da Silva, el presidente que va por la reelección.
Las otras autoridades brasileñas que reaccionaron al accionar de Milei se refirieron exclusivamente a lo que significa como estropicio institucional, como falta de respeto a Brasil, a su sociedad, a sus instituciones y también como actitud contraria a la democracia, altamente destructiva de las reglas más elementales de la diplomacia.


