Más vale tarde que nunca, aunque implique un premio inmerecido a Donald Trump. Bajo la presión del cerco energético que asfixia la isla, el régimen cubano ha decidido hacer lo que debió hacer, como mucho, en la década del 90: poner fin al sistema colectivista de planificación centralizada y abrirse a la inversión privada, interna y externa.
En el campo comunista, Deng Xiaoping fue el visionario. Tras la muerte del dogmático Mao Tse-tung la efímera dictadura del llamado Grupo de los Cuatro, liderado por la viuda del “Gran Timonel”, el líder reformista pudo imponer la visión por la que bregaba desde hacía décadas y le había valido la persecución y castigo de la Revolución Cultural y luego el ostracismo.
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Den Xiaoping anunció en 1978 la apertura de la economía china y, desde entonces, el gigante asiático no paró de enriquecerse y volverse una superpotencia de escala global
Por esa vía encaminó a Vietnam el reformista Nguyen Van Linh en 1986, convirtiendo ese país del sudeste asiático en una economía vigorosa cuyas turbinas más potentes fueron los capitales privados. Las inversiones llovieron desde el exterior, incluido los capitales de la potencia que antes había regado Vietnam con bombas napalm y defoliantes como el Agente Naranja, que exterminó la jungla que rodea el río Mekong, o Cuu Long (río de los Nueve Dragones) como lo llaman los vietnamitas.

Paralelamente, el régimen comunista de la vecina Laos abría también su economía a los capitales privados, en un proceso bautizado Chintanakan Mai (Nuevo Mecanismo Económico). Asia se adelantó a Rusia en admitir el fracaso del comunismo, por eso los partidos comunistas asiáticos se mantuvieron en el poder, mientras la Unión Soviética colapsaba a fines de los años ochenta.

Ese colapso dejó a Cuba sin el pulmotor que mantenía funcionando su insustentable economía. Por eso Fidel Castro tuvo que aceptar la propuesta de su hermano menor: abrir la economía a inversiones privadas extranjeras. El régimen llamo “Periodo Especial” a ese tramo durísimo, en el que la industria turística se convirtió, con inversiones de capitales españoles, mexicanos y canadienses, en la turbina de la reptante economía de la isla.
En ese entonces, Raúl Castro había prestado atención a las reformas en China, Laos y Vietnam, entusiasmándose con hacer lo mismo en Cuba. Pero su dogmático hermano no compartió ese entusiasmo y, ni bien apareció Hugo Chávez reemplazando con petróleo venezolano el petróleo que recibía gratis de la URSS, Fidel puso fin a la apertura económica y sólo dejó permanecer en Cuba a los capitales extranjeros que desarrollaron la hotelería.

El propio Raúl Castro abandonó su incipiente reformismo, por eso dejó el país atado al dogmatismo de Fidel cuando lo reemplazó en el máximo liderazgo y, tras la muerte de su hermano y su propio envejecimiento, buscó un personaje gris, Miguel Díaz Canel, para que mantuviera el sistema económico y social intacto tras su retirada a cuarteles de invierno, aunque sin abandonar del todo el poder.
El statu quo era deplorable. El sistema había caducado y solo producía empobrecimiento en una sociedad condenada a entumecerse y anquilosarse en el altar de esa religión ideológica que es el castrismo.

En ese estado comatoso estaba la economía cubana hasta que Donald Trump aplicó el bloqueo a los buques cisterna que llevaban petróleo que el régimen cubano no pagaba, sino que recibía a modo de ayuda humanitaria. El socialismo cubano ya no tiene brazos para mantener a flote la economía, pero si los tiene para estirarlos para mendigar asistencia humanitaria. Y por razones diferentes, los gobiernos de Rusia y de México enviaron con cuentagotas buques con petróleo para palear mínimamente el corte del suministro de petróleo venezolano que se produjo tras la captura de Nicolás Maduro y su encarcelamiento en Estados Unidos.

Eso se cortó con el torniquete aplicado por el jefe de la Casa Blanca. Y la asfixia total que produjo obligó a Díaz Canel, quien cuando se convirtió en presidente había mantenido en el freezer un paquete de reformas y aperturas, a impulsar un programa que transformaría significativamente la realidad económica y social de Cuba.
Falta ver si Donald Trump permite que la realidad fluya por sí misma en la isla antillana, o si lo mismo mantiene la presión hasta lograr el cambio de régimen.

