¿Qué significo el pontificado de Jorge Bergoglio para el mundo y qué reveló sobre la sociedad argentina? Preguntas claves para, a un año de su fallecimiento, buscar claves de interpretación sobre las realidades que quedaron a la vista desde que el Papa Francisco se sentó en el trono de Pedro hasta el día en que murió.
Su papado resultó indispensable en un momento de la historia en el que las democracias están siendo gangrenadas por liderazgos disruptivos de matriz ultraconservadora que trabajan para diluirlas y reemplazarlas por sistemas “iliberales”, o sea desprovisto del sistema de derechos y garantías que sólo garantiza la democracia liberal.
En este capítulo de la historia contemporánea, los máximos exponentes del poder ultraconservador “iliberal” son Vladimir Putin, un asesino serial que hizo guerras de tierra arrasada en el Cáucaso y ahora lleva cuatro años empantanado en su última y catastrófica aventura bélica: la conquista de Ucrania ; Donald Trump, el magnate neoyorquino que intenta desmontar la democracia liberal norteamericana para reemplazarla por un régimen similar al Ruso, ostenta supremacismo racial y social, tiene incontinencia barbárica a la hora de descalificar con bullying y con insultos a sus críticos y opositores, colecciona denuncias de corrupción empresarial y de abusos sexuales, acercándose a un proceso por pedofilia, trabaja para destruir la OTAN y debilitar la Unión Europea y está dañando la economía mundial con una guerra pesimamente planificada que, de momento, solo le está sirviendo al retrogrado y criminal régimen iraní para obtener en el mundo un respaldo como el que jamás había tenido. Otros grandes exponentes de esos liderazgos autoritarios y agresivos, son los de Viktor Orban y Benjamín Netanyahu. Este último, el líder israelí que más aislamiento internacional y daño a la imagen de Israel ha causado en toda la historia de ese país.
Jair Bolsonaro y Javier Milei también son exponentes de la patología histórica que genera líderes que reivindican la crueldad social y alimentan el odio político con sobredosis de violencia verbal y gestual.
En un tiempo marcado por esos liderazgos oscuros y truculentos, la serenidad del Papa Francisco aportó un respiro amable de respeto por el otro, sensibilidad ante el dolor social y acompañamiento a los vulnerables y a los frágiles.
Cometió errores en la arena internacional, pero el mayor aporte era la calma que irradiaba su rostro, sus palabras y el tono y la forma de expresarlas. Parecen sólo cuestiones de forma, y no de fondo. Sin embargo, en la política de este tiempo y especialmente en las democracias occidentales, la forma también es el fondo. Por eso su legado fue redentor en estos tiempos plagados de poderosos brutales y vulgares, y de adoradores de esos exponentes de la arrogancia vulgar y negligente.
En cuanto a lo que la llegada de Jorge Bergoglio al trono de Pedro reveló sobre Argentina, si aún primara el pensamiento crítico, la sociedad estaría calibrando la gravedad del mensaje que lleva la decisión de no haber venido al país durante su pontificado. Argentina no estuvo a la altura de las circunstancias. No mereció ni supo tener un Papa argentino.
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Evidenciando la peor calaña, todas las facciones políticas quisieron usarlo como munición para bombardear al “enemigo”. Francisco nos asomó a lo más profundo y oscuro de “La Grieta”, esa herida político-social que supura odios y adoraciones igualmente patológicas.
El rostro desencajado de Cristina Kirchner cuando le comunicaron, en medio de un acto, lo que fue una pésima noticia para quién, junto con su marido fallecido, llamaban al cardenal Bergoglio “el jefe de la oposición” y, según allegados muy cercanos al jesuita, pusieron al oscurísimo jefe de la SIDE y de la mafia de la SIDE, Jaime Stiuso, a espiarlo para encontrar elementos de la naturaleza que sean para tenerlo controlado bajo extorsión. Armarle un “carpetazo”, como decía y hacía Néstor Kirchner con todos sus críticos y denunciantes.
De haber ordenado en el acto que su artillería gruesa en materia de difamación, donde había artilleros despiadados como Horacio Vervitsky y Hebe de Bonafini entre muchos otros, Cristina pasó sin escalas al cambio tan sorprendente como sospechoso que la llevó al Vaticano a fotografiarlo con camisetas de La Cámpora. Y también, sin escalas, la tribuna anti-K que había ovacionado la elección de Bergoglio como nuevo Papa por la posición crítica con los gobiernos de Néstor y su esposa en materia de sectarismo y corrupción, pasaron a denostarlo y llamarlo “Papa comunista”, “Papa peroncho”, “Papa pobrista”, etcétera.
En las dos veredas de La Grieta, el aborrecimiento por la otra parte se llevó puesta la sensatez y el sentido común. Al orgullo de un país por tener un compatriota en semejante posición, sobrevino la vergüenza de que el mundo viera que, a revés de Wojtila y de Ratzinger, que visitaron tantas veces sus países, Polonia y Alemania, el Papa argentino no pudo venir a su país por la infección de odio que carcome a las partes politizadas de su sociedad.
Que un legislador haya llamado al Papa Francisco “el imbécil que está en el Vaticano” y luego “representante del maligno”, la más grave las acusaciones teológicas que se pueden hacer contra un dirigente de la iglesia, fue de una gravedad abismal. Confirmó la gravedad de esa patología argentina, el hecho de que se insultador herético se convirtiera en presidente de los argentinos.
Su paso por la cumbre de la iglesia católica le trajo al mundo un recreo de calma, humildad y compasión, en un tiempo de líderes que profesan la violencia verbal y gestual, lanzar guerras y reivindican la crueldad social.